
Uhmm, aunque el verano por estos lares había comenzado con buen pie y estábamos teniendo una fantástica temporada 2009 de cenas en el balcón, en los últimos días nuestro vespertino ritual de picnics veraniegos ha tenido que mudarse provisionalmente de nuevo al salón (ha estado a ratos granizando, lloviendo, y/o tronando - bastante, además)...
Así que estoy otra vez con mono y con ganas de que se asiente ya esta montaña rusa meteorológica que nos ha aguado la fiesta (nunca mejor dicho) para poder continuar con mi particular serie de "citas en un balcón" y llevar a buen puerto el plan ese mío de tener este año un verano de 10 (porque puestos a "no tener", ni demasiado trabajo, ni vacaciones, ni esto ni lo otro ni lo de más allá, al menos el verano lo pienso disfrutar al máximo).
En todos estos años que llevo viviendo en Alemania, siempre me ha hecho muchísima gracia lo mucho que viven los alemanes sus balcones. Y qué curioso me resulta ahora lo poco que se utilizan en España en comparación... al menos los balcones patrios que yo conozco sirven sólo para almacenar cosas o como tenderero de ropa.
Y yo debo estar a estas alturas ya hecha una teutona de lujo, porque exprimo mi balcón todo lo que puedo. No es que nuestro balcón dé tampoco mucho de sí, pero lo suficiente: sus 2’5 metros cuadrados dan suficiente juego como para pasar en él unas tardes-noches fantásticas envueltos en perfume de geranios, con una cervecita helada en mano y la mejor compañía del mundo-mundial. Las cenas en esta casa, en verano, se sirven en el balcón (hemos llegado a estar cuatro comensales arrechuchaditos en torno a la mesa). En el balcón jugamos al Trivial, leemos el periódico, espiamos a los vecinos (uno de nuestros pasatiempos preferidos) y nos jartamos de hablar, de tomar la fresca (cuando “haberla hayla”), de comer helado mirando a las estrellas y de escuchar como nuestro vecinito de abajo toca “Comptine d'un autre été“ de Yann Tiersen una y otra vez (lo cual a mí me encanta sobre todo porque la toca muy bien además el chaval)...
Con semejante panorama, y con el buen tiempito que ha estado haciendo, el menú anda últimamente ligerito: ensaladas de todos los tipos y colores, tartaletas de verdura y queso, terrinas de pescado, macedonias, cantidades ingentes de cerveza Beck’s (que es la que en el 95% de las ocasiones se bebe en esta santa casa) y toneladas de flan chino Mandarín (jijiji, desde que he descubierto en Berlín un súper donde lo venden estoy inmersa en un frenético revival de los ochenta!!)...
Aunque la cena del jueves, para ser sincera, fue pura y dura improvisación para quitar restos del frigorífico: Berenjena y calabacín, acompañados de dos básicos de despensa (patata y queso mozzarella). Apiladitos todos ellos tan formales y bien ensalsaos y con una ensaladita para completar – no me negaréis, que más veraniego imposible, ¿no?
Ingredientes (para dos):
- una berenjena chiquitina
- un calabacín pequeño
- una bola de mozzarella (125 g)
- algo de jamón serrano
- 2 patatas medianas
- 2 dientes de ajo pequeños
- un par de hojas de albahaca
- aceite de oliva
- sal
- pimienta
- romero molido
- un par de cucharadas de concentrado de tomate
- medio vasito de caldo de pollo
- un chorrito de nata líquida
- un chorrito de vino blanco
Cómo se hace:
He cortado las patatas (peladas), la berenjena y el calabacín y el queso en rodajas finas.
Las patatas las he frito, hasta que estuvieron doradas y crujientes, en una sartén con poco aceite, ajo machacado y un golpe generoso de romero molido.
Para la berenjena y el calabacín utilicé la plancha eléctrica con un par de gotitas de aceite y los hice por ambos lados hasta que estuvieron dorados.
La salsa es una salsa "de socorro" al cien por cien: He mezclado en una cacerola un buen chorretón de concentrado de tomate, que suelo tener para emergencias, con medio vasito de caldo de pollo, algo de vino blanco seco y un chorrito de nata líquida y lo he puesto a fuego medio hasta que ha espesado un poquito. En el último momento he salpimentado y añadido algo de albahaca picada.
En una fuente de hornear he ido formando torres alternando rodajas de berenjena, calabacín, patata y mozzarella. En la mitad de las torres he puesto unas lascas de jamón serrano (poco curado), para rematar una última rodaja de patata y una hojita de albahaca.
He metido la fuente al horno a 200 grados hasta que el queso se ha fundido algo.
A la hora de servir he colocado las torres sobre una cama de salsa... y luego me las he zampado en un pispás mientras me bebía mi cervecita de rigor y me comía un buen plato de ensalada.
Después de todo esto, he cogido un pedazo de pan y he untado la salsa de tomate de mi plato y del plato de mi marío. Ea. Y me he quedao como una reina.
Os dejo con la banda sonora de mi comienzo de verano...
... y ahora todos a cruzar los dedos para que el tiempo vuelva a ser bueno con nosotros: