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viernes, 16 de octubre de 2009

Arrebullón de verduras (con tostas al ajo)

Vaya, os tengo abandonados ¿verdad? He estado últimamente algo falta de inspiración - al menos, a la hora de actualizar el blog (porque experimentos en la kitchen he hecho un montón...). A veces uno necesita una pausa y yo siempre he pensado que un blog es como una amistad: hay amigos que son para siempre y otros que vamos dejando por el camino y hay amistades que son tan intensas que de vez en cuando uno se siente asqueado y cansado de ellas.

A veces la distancia y el abandono hacen milagros - con las amistades y con los blogs... y os lo digo yo, que ya "blogueaba" incluso antes de haber oído la palabra "blog" por primera vez. Igual no estoy muy segura de adónde va este barco: Cuando empecé [hablandoenplatina] para que mi family dejara de petardearme con aquello de "jo, en tu blog todo está en alemán, qué rollo..." no sabía qué rumbo iba a tomar el asunto. Y hace tiempo ya que esto parece más [cocinandoenplatina] que otra cosa... así que supongo que es hora de cambiar en esta santa casa virtual algunas cosillas por aquí y por allá. Ya veremos.

Es lo que tiene esto de los blogs: que casi siempre cogen la dirección que les da la gana, sin ningún miramiento (jaja, algún día igual me lanzo y os cuento aquella historia sobre cómo fue un blog el que metió al señor K. en mi vida... en aquellos tiempos de Maricastaña). Habrá que relajarse, no apretar demasiado el cinturón de seguridad y dejarse sorprender. Digo yo, vaya...

Para entrar en calor después de tantas ausencias, hoy una cena ligerita. Y lo de entrar en calor va totalmente en serio. Literal. Duh! Porque en Berlín “de repenete” hace un frío de la leche y nos hemos quedado “traspasaos”, uuuuaaaah... Las cenas reconfortantes y calentitas ayudan y mucho a paliar el entumecimiento (más que nada el mental, contra el corporal estamos utilizando la calefacción de manera bastante efectiva...): además de las clásicas cremitas de verduras que tanto gustan en esta casa y de todos los tipos de “cosas recién salidas del horno” (como las espirales de lasaña y berenjena de Adi, que no nos cansamos de comer), el plato comodín de estos días – que más que otoñales parecen de invierno ya – está siendo el típico “al arrebullón”. De esto un poco, de lo de más allá otro poco y un par de vueltas de sartén.


La receta original de nuestro arrebullón de ayer es, una vez más, de Ursula Summ y sus libros de dieta disociada. En su versión se hace con brócoli, pimiento rojo, puerro, champiñones y calabacín. Mi variante en la foto reemplaza el brócoli por berenjena (es lo que había en el frigo, señores) y añade además cebolleta y ajo. El resultado es fenomenal - ¡mira que llevamos años haciendo esta receta y aún no nos hemos aburrido de ella!

El toque de la tosta de ajo es un detalle fantástico y le aporta mucha “gracia” al plato. Ya sabéis que a mí me E N C A N T A untar y, francamente, si es con saborcito a ajo pues mucho mejor... conmigo el Edward hortera beato ese de “Crepúsculo” no tendría ninguna posibilidad... :-)

Ingredientes (para dos, plato único, la ración en nuestra línea: contundente):
  • un puerro
  • un pimiento rojo
  • un buen puñado de champiñones
  • media berenjena
  • la mitad de un calabacín pequeño
  • una cebolleta
  • un diente de ajo
  • aceite de oliva
  • unos 125-150 ml de caldo vegetal
  • unos 150 ml de nata
  • pimienta blanca molida
  • romero molido
  • mejorana seca
  • tomillo seco
para las tostas:
  • 3 rebanadas de pan de molde (si es integral, mejor)
  • algo de mantequilla (a temperatura ambiente)
  • 2 dientes de ajo machacados

Cómo se hace:

Cortamos las verduras en dados pequeños y picamos la cebolleta y el ajo. En una sartén grande (o una cazuela antiadherente plana) calentamos un poquillo de aceite de oliva y pochamos en él primero el ajo y la cebolleta, removiendo para que no cojan color.

Añadimos las verduras y las salteamos un momento. “Desglasamos” con el caldo y especiamos con las hierbas (yo he utilizado las que indico en la lista de ingredientes, aunque en la receta original usan únicamente orégano). Dejamos que cueza a fuego suave unos 8-10 minutos.

Entretanto pelamos los dos dientes de ajo y los pasamos por el machacaajos. Mezclamos la pasta resultante con la mantequilla algo blanda. Cortamos las rebanadas de pan “en diagonal” (o sea en triángulos) y untamos ambos lados generosamente con la mantequilla de ajo.

Tostamos los triangulitos de pan de ajo (evidentemente también por los dos lados) en una sartén caliente con 1-2 gotillas de aceite hasta que estén dorados y crujientes.

Añadimos la nata a las verduras, revolvemos y las quitamos seguidamente del fuego.

Servimos con algún triángulo de ajo sobre las verduras.

Una sobredosis de verduritas fenomenal – en estas noches berlinesas tan fresquitas le deja a una esto el cuerpo de miedo. Uhmm...

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Oro marrón... y cena con velitas para dos



La verdad es que el sábado sólo tenía previsto “limpiar y vegetar” hasta que volviera el señor K. de trabajar y “cenar y vegetar” en compañía tras su vuelta. Pero en algún momento entre a) recoger los cacharros de la cena del viernes y b) decidirme a limpiar el baño, me encontré a mí misma (lo que hace el escapismo o “con tal de no agarrar la fregona cualquier cosa”) liberando a uno de nuestros suecos candelabros de varias toneladas de cera que no le dejaban al pobre ni relucir ni respirar ni hacerse el guapo ni ná (ni recuerdo cuándo limpié los candelabros de esta casa por última vez, debe hacer meses, así estaba el pobrico, claro...) . Y ya puestos restregué y limpié también a su gemelo. Y después de haber perdido tanto tiempo de sábado de limpiezas en esos dos candelabros, pues ya decidí que había que darle al menos un sentido a tanto refrote, de perdidos al río y tal...



Cinco horas más tarde seguía sin haber limpiado el baño ni recogido el Everest de ropa que tenía tomada por asalto la butaca del dormitorio. Pero había puesto la mesa del salón para la cena ya con velas, flores y tó, tenía un improvisado helado de melocotón y fresas haciéndose en el congelador y 4 flanes mandarines cuajándose en el frigo y un estupendo caldo de pollo caserito recién hecho con el que ponerme a hacer salsa mole. ¡Ja! Para que luego digan que no quedan visionarios en este mundo. A mí me da una visión cualquiera y ¡zaca! lo dejo toíto tó tirado (sobre todo fregonas y estropajos) y me sumerjo en un frenético frenesí (“¿oye, y esta chica que escribe tan mal se licenció en periodismo?!”) hasta llevar dicha visión a (más o menos) buen puerto.

El resultado: La casa hecha un desmadre, el señor K. contento, yo todo un sábado la mar de entretenida y la cena antológica y más bien, ehm,... contundente. Flautas de pollo con salsa mole, arroz con pimiento, flan y helado de melocotón y fresa. Para beber, cerveza. Ni menús homogéneo-ortodoxos ni leches, gula pura y dura. ¿Quién dijo que las cenas con velitas para dos había que hacerlas con delicatessen?

Lo del helado os lo cuento otro día en otro momento (no tiene mucho secreto, recurrí a uno de esos pecaminosos inventos de técnico de alimentación que existen en el mercado), porque, francamente, de verdad de la buena, lo del mole os lo tengo que contar ya ahorita mismo. En dos palabras: Im presionante...

Mi primer roce con la comida mexicana fue gracias a mi hermano el Capitán, que allá por aquellos años de Maricastaña nos hacía unas apoteósicas flautas de pollo con mole con las que yo me he pasado los últimos 15 años soñando... Creo que la pasta que él utilizaba para la salsa mole era de la marca Doña María, al menos el tarro y el logotipo eran iguales o similares... En su día nunca me paré a pensar qué llevaría aquella dichosa salsa mole (aparte de los obvios ingredientes chocolate y chiles), sólo supe desde el primer segundo que me EN-CAN-TA-BA. Flechazo. Amor a primera vista. Cásate conmigo, hazme un par de nenes, no me dejes nunca nunca.

El único problema: Desde entonces, por mucho intentarlo, nunca he conseguido volver a comerme unas flautas de pollo como aquellas. Y no he visto en ningún lado los tarros de mole en pasta dichosos (aunque seguro que, milagros de internete, hoy en día se podrán comprar online con facilidad, digo yo). Frustración total. Hasta ahora nunca me había atrevido a recrear la salsa en casa, pero bueno, para todo hay una primera vez y para eso están las visiones, ¿no?

Ingredientes (para cuatro flautas):
  • 4 tortillas de maíz mexicanas de trigo
  • unos 220-250 g de pechuga de pollo, cocidos (para hacer caldo, ver abajo) y desmenuzados
  • 1 bote de crème fraîche
  • 1-2 tomates, cortados en dados
  • queso rallado que funda bien (edamer, tilsiter, emmental – algo así)
  • para el caldo de pollo, además: un puerro, 2 zanahorias, algo de apio (o colinabo), un manojo de perejil, una hoja de laurel, un diente de ajo, aceite de oliva y un chorreón de vino blanco, sal gorda, pimienta en grano

para la salsa mole:
  • entre 500 y 750 ml de caldo de pollo (casero, ver arriba)
  • 3 cucharadas (americanas, o sea de 15 ml c.u.) de aceite de oliva
  • 1 cebolla picada
  • 3 dientes de ajo picados
  • 1 cucharita (teaspoon americana) de orégano seco
  • 1 cucharita (ver línea anterior) de comino molido
  • ¼ cucharita (ver anteriores) de canela molida
  • 2 y ½ cucharadas (ver anteriores, de 15 ml.) de chilis secos picados (o en escamas)
  • 3 cucharadas (ver anteriores) de harina
  • una pizca de cilantro molido
  • un buen puñado de pasas
  • ½ cucharita (sí, todas las cucharas que nombro son medidas americanas) de semillas de anís
  • unos 50 g de almendras peladas
  • unos 50 g de cacahuetes pelados
  • entre ¾ y 1 vaso entero de tomate triturado
  • unos 80-90 g de chocolate amargo (que tenga alto contenido de cacao)
  • opcional: una pizca de clavo molido y 1-2 cucharadas de semillas de sésamo (yo no utilicé estos dos ingredientes porque no los tenía en casa)




Cómo se hace:

En primer lugar, se hace con el pollo, verduritas y demás aderezos un buen caldito. Una vez listo el caldo, se separa la carne y se desmenuza cuando haya enfriado en hebras finas. Se reserva para más tarde.



El caldo, una vez colado, se deja a mano. En un cazo grande, se ponen a pochar la cebolla y el ajo picados junto con el orégano, el comino y la canela. Tapamos y dejamos a fuego medio unos 10 minutillos removiendo de vez en cuando para que no se queme/pegue, hasta que la cebolla esté prácticamente tierna.

En ese momento añadimos los chilis secos picados y la harina y removemos bien todo el conjunto unos 3-4 minutos. Regamos con un poco de caldo y dejamos que vaya haciendo chof-chof un rato. Mientras tanto, en una sartén pequeña doramos aparte con dos gotinas de aceite las almendras y cacahuetes, con cuidado de que no se quemen. Una vez dorados, los echamos al cazo, añadiendo de ser necesario algo más de caldo. En la misma sartén vamos dorando asimismo un momento las semillas de anís, las pasas y el sésamo (si le vamos a poner) – cada cual por separado – y los añadimos paulatinamente al cazo con la salsita.

Echamos el resto del caldo al cazo (en total utilicé aprox. medio litro del caldo) y algo de tomate triturado y sazonamos con algo de cilantro molido y (si le vamos a echar) clavo molido. Dejamos que reduzca unos minutos más, bajándole el fuego si nos da la sensación de que hierve demasiado (en total, tuve el puchero, creo, unos 30-35 minutos sobre la llama).






Tras quitar del fuego la salsa, la trituramos con la batidora. Una vez hecho esto, se vuelve a poner al fuego (al mínimo) y se añade el chocolate previamente picado. Removemos bien hasta que el chocolate se disuelva. Si nos parece que la salsa está demasiado espesa/pastosa, se puede añadir algo más de caldo de pollo o tomate triturado (o ambos) para aligerar.

Para hacer las flautas, ponemos las tortillas de maíz primero unos 2-3 minutos a calentar en el horno a 200 grados.



Mezclamos la salsa con el pollo desmenuzado (¡ojo! sale salsa como para mínimo 8-10 flautas con estas cantidades... así que si vamos a hacer menos flautas, no utilizaremos toda la salsa – mis restos de salsa fueron de cabeza al congelador).

Tras sacar las tortillas del horno las vamos untando por la cara de arriba con algo de crème fraîche, sobre esta capa ponemos un cucharón generoso de la mezcla de pollo con mole y esparcimos un puñado de dados de tomate sobre la carne. Enrollamos cada tortilla así rellena y las vamos colocando en una fuente de horno. Cubrimos con abundante queso rallado y metemos al horno hasta que el queso esté derretido y algo dorado.



Para acompañar: Un arroz de grano largo cocido con el caldo de pollo restante y algo de tomate triturado y un pimiento rojo cortado en dados que añadí durante la cocción.



A la hora de comer las flautas, a mí personalmente me parece fundamental tener abundante crème fraîche en la mesa con la que ir untando los trozos que me llevo a la boca. ¡Me encanta la combinación de sabores junto con la salsa! Por un lado la acidez de la crema, por otro el picor mitad dulce-mitad amargo de la salsa.

Me quedé, después de la cena, como un crío con katiuskas amarillas nuevas para chapotear. Casi hasta lloro de la emoción, así de ricas me supieron estas flautas. PUH.



Que conste: No doy ninguna garantía de que este plato tenga pedigrí autóctono mexicano ni ná. Para la receta del mole he combinado dos que encontré en Internet (una en inglés y otra en alemán). Tanto el sabor como la consistencia han quedado tal y como los recordaba de aquel mole en pasta de mi brother – estoy encantadísima con el resultado. Y para mí eso es lo que cuenta: que esté rico y de mí gusto. Si algún experto molero o en cuestiones gastromexicanas nos lee y descubre alguna aberración grave en mi método de producción, que nos lo diga y santas pascuas.





He leído en algún foro en Internet, que la pasta una vez hecha se conserva siglos en el frigorífico en un túper sin necesidad de congelarla. Es muy probable, pero no doy garantías porque no lo he probado. Yo mis restos los he congelado – ya os contaré qué tal luego al reutilizarlos...

Y ahora os quiero a todos a sacar los pucheros y hacer mole como locos.

Y para cocinar os ponéis mi nueva canción favorita en modo looping:





Corrijo: Como bien apunta el Capitano en los comentarios, el plato fuerte del sábado no eran flautas sino burritos...

lunes, 13 de julio de 2009

Torres de verdura



Uhmm, aunque el verano por estos lares había comenzado con buen pie y estábamos teniendo una fantástica temporada 2009 de cenas en el balcón, en los últimos días nuestro vespertino ritual de picnics veraniegos ha tenido que mudarse provisionalmente de nuevo al salón (ha estado a ratos granizando, lloviendo, y/o tronando - bastante, además)...

Así que estoy otra vez con mono y con ganas de que se asiente ya esta montaña rusa meteorológica que nos ha aguado la fiesta (nunca mejor dicho) para poder continuar con mi particular serie de "citas en un balcón" y llevar a buen puerto el plan ese mío de tener este año un verano de 10 (porque puestos a "no tener", ni demasiado trabajo, ni vacaciones, ni esto ni lo otro ni lo de más allá, al menos el verano lo pienso disfrutar al máximo).

En todos estos años que llevo viviendo en Alemania, siempre me ha hecho muchísima gracia lo mucho que viven los alemanes sus balcones. Y qué curioso me resulta ahora lo poco que se utilizan en España en comparación... al menos los balcones patrios que yo conozco sirven sólo para almacenar cosas o como tenderero de ropa.

Y yo debo estar a estas alturas ya hecha una teutona de lujo, porque exprimo mi balcón todo lo que puedo. No es que nuestro balcón dé tampoco mucho de sí, pero lo suficiente: sus 2’5 metros cuadrados dan suficiente juego como para pasar en él unas tardes-noches fantásticas envueltos en perfume de geranios, con una cervecita helada en mano y la mejor compañía del mundo-mundial. Las cenas en esta casa, en verano, se sirven en el balcón (hemos llegado a estar cuatro comensales arrechuchaditos en torno a la mesa). En el balcón jugamos al Trivial, leemos el periódico, espiamos a los vecinos (uno de nuestros pasatiempos preferidos) y nos jartamos de hablar, de tomar la fresca (cuando “haberla hayla”), de comer helado mirando a las estrellas y de escuchar como nuestro vecinito de abajo toca “Comptine d'un autre été“ de Yann Tiersen una y otra vez (lo cual a mí me encanta sobre todo porque la toca muy bien además el chaval)...

Con semejante panorama, y con el buen tiempito que ha estado haciendo, el menú anda últimamente ligerito: ensaladas de todos los tipos y colores, tartaletas de verdura y queso, terrinas de pescado, macedonias, cantidades ingentes de cerveza Beck’s (que es la que en el 95% de las ocasiones se bebe en esta santa casa) y toneladas de flan chino Mandarín (jijiji, desde que he descubierto en Berlín un súper donde lo venden estoy inmersa en un frenético revival de los ochenta!!)...

Aunque la cena del jueves, para ser sincera, fue pura y dura improvisación para quitar restos del frigorífico: Berenjena y calabacín, acompañados de dos básicos de despensa (patata y queso mozzarella). Apiladitos todos ellos tan formales y bien ensalsaos y con una ensaladita para completar – no me negaréis, que más veraniego imposible, ¿no?

Ingredientes (para dos):
  • una berenjena chiquitina
  • un calabacín pequeño
  • una bola de mozzarella (125 g)
  • algo de jamón serrano
  • 2 patatas medianas
  • 2 dientes de ajo pequeños
  • un par de hojas de albahaca
  • aceite de oliva
  • sal
  • pimienta
  • romero molido
  • un par de cucharadas de concentrado de tomate
  • medio vasito de caldo de pollo
  • un chorrito de nata líquida
  • un chorrito de vino blanco


Cómo se hace:

He cortado las patatas (peladas), la berenjena y el calabacín y el queso en rodajas finas.

Las patatas las he frito, hasta que estuvieron doradas y crujientes, en una sartén con poco aceite, ajo machacado y un golpe generoso de romero molido.

Para la berenjena y el calabacín utilicé la plancha eléctrica con un par de gotitas de aceite y los hice por ambos lados hasta que estuvieron dorados.

La salsa es una salsa "de socorro" al cien por cien: He mezclado en una cacerola un buen chorretón de concentrado de tomate, que suelo tener para emergencias, con medio vasito de caldo de pollo, algo de vino blanco seco y un chorrito de nata líquida y lo he puesto a fuego medio hasta que ha espesado un poquito. En el último momento he salpimentado y añadido algo de albahaca picada.

En una fuente de hornear he ido formando torres alternando rodajas de berenjena, calabacín, patata y mozzarella. En la mitad de las torres he puesto unas lascas de jamón serrano (poco curado), para rematar una última rodaja de patata y una hojita de albahaca.

He metido la fuente al horno a 200 grados hasta que el queso se ha fundido algo.

A la hora de servir he colocado las torres sobre una cama de salsa... y luego me las he zampado en un pispás mientras me bebía mi cervecita de rigor y me comía un buen plato de ensalada.

Después de todo esto, he cogido un pedazo de pan y he untado la salsa de tomate de mi plato y del plato de mi marío. Ea. Y me he quedao como una reina.

Os dejo con la banda sonora de mi comienzo de verano...




... y ahora todos a cruzar los dedos para que el tiempo vuelva a ser bueno con nosotros:

viernes, 3 de julio de 2009

Tulipas de conejo



Una de las primeras cosas que hago generalmente cada vez que viajo a España cañí a ver a la familia, es correr rauda y veloz a la cocina de mi hermana R. a cotillear las nuevas adquisiciones de su apabullante biblioteca gastronómica.

Acto seguido acostumbro a ponerme verde de envidia. Luego se me pasa enseguida y me armo de paciencia, papel y bolígrafo y me lío a apuntarme recetitas de por aquí y recetazas de por allá.

En uno de esos papeles llenos de anotaciones me traje la semana pasada de la vieja patria unas tulipas de caza que, evidentemente, hubo que probar ipso-facto tras mi regreso a tierras teutonas...

Aunque la foto de las tulipas sea realmente horrorosa (habrá que repetirlas porque no les hace justicia), ya perdonaréis, las tulipas mismas estaban fabulosas. Además hacía una eternidad que no comía conejo y ha sido una forma fantástica de volver a hacerlo... ¡Muy rico!

Ingredientes* (para más-menos cuatro personas):
  • un paquete de 450 g de hojaldre congelado
  • un huevo batido para pincelar la masa
  • unos 350 g de carne de conejo (en mi caso muslos deshuesados)
  • 1 cucharada de granos de pimienta verde machacados
  • algo de harina
  • aceite de oliva
  • unos 30 g de mantequilla
  • 100 g de bacon ahumado cortado en dados
  • 2 cebolletas o cebolla al gusto
  • 2 dientes de ajo
  • entre 250 y 300 ml de vino blanco seco
  • 200 ml de nata líquida
  • una cucharadita de tomillo picado
  • aprox. 200 g de champiñones
  • opcional: 100 g de espinacas congeladas troceadas
  • una cucharada de albahaca picada
  • 1 cucharada de perejil picado
  • opcional: 1 cucharada de menta fresca picada


*.- adaptados de la receta vista en “El gran libro de la repostería paso a paso” (Ed. Everest)

Cómo se hace:

Primeramente se estira la masa (hasta que tenga unos 3mm de grosor). Con el hojaldre forramos los moldes individuales: en el libro utilizan moldes de tulipa de 7,5 cm. de base, yo como no tengo tulipas, utilicé la bandeja de muffins para hacer las mini-tulipas (creo que salieron 6 o 7) e hice, asimismo, para la comida del día siguiente, 2 tartaletas individuales con moldes de 13 cm. de diámetro...

Pinchamos con un tenedor las bases de las tulipas/tartaletas y dejamos reposar en el frigo unos 10 minutos. Entretanto precalentamos el horno a 200 grados. Pasado el tiempo de reposo, forramos la masa con papel de horno y rellenamos de legumbre seca/pesos de cerámica para que no se infle el hojaldre.

Horneamos durante unos 15-20 minutos, quitamos las legumbres y el papel de horno del interior y volvemos a meter al horno otros cinco minutos tras haber pintado las bases con huevo batido. Una vez doradas, sacamos y reservamos.

La carne, la cortamos en trocitos pequeños, sazonamos con la pimienta machacada y rebozamos ligeramente en harina. En una cacerola calentamos algo de aceite y la mantequilla y vamos dorando la carne de conejo y el bacon en tandas un par de minutos. Quitamos de la cacerola y reservamos.

Ahora, pochamos, en la misma cacerola la cebolleta (o cebolla) y el ajo. Después de unos 4 minutos, añadimos el vino y lo cocemos unos 10 minutos (desde que hierva) – tiene que coger una cierta consistencia de sirope. Volvemos a poner la carne y el bacon en la cazuela , sazonamos y, en cuanto hierva nuevamente, añadimos la nata y el tomillo.

Reducimos a fuego lento unos 10 minutos, añadimos los champiñones cortados en pedacitos y mantenemos en ebullición (con el fuego al mínimo) un cuarto de hora más.

Salteamos en una sartén las espinacas descongeladas y sazonamos bien. Repartir las espinacas en las tulipas/tartaletas. Añadir las hierbas (albahaca, perejil,...) a la carne y distribuir por los moldes. Tapar con papel de aluminio y hornear a 180 grados unos 10-15 minutos hasta que estén calientes por dentro.

Por cierto, ser pobre y atravesar media península en autobús tiene sus ventajas: Te acabas sintiendo como Antonio Machado - o sea abducido por el paisaje castellano...











martes, 19 de mayo de 2009

Caracolas de canela (y otros exquisitos ingredientes)


Hace unos días cumplía 90 añazos la abuela del señor K. y, francamente, una ocasión así hay que celebrarla. Así que mi familia política se reunía para celebrarlo, y yo, que soy una pelota de tomo y lomo, me puse la víspera del evento mi segunda piel de pastelera mayor del reino y me encerré en la cocina (bueno, es un decir: mi cocina no tiene puerta) a hornear tropocientas magdalenas a la naranja amarga y estas pecaminosas caracolas que había visto en mi cocina neoyorquina favorita unos días antes.

En "Smitten Kitchen" esta receta viene descrita como una adaptación del clásico rugelach judío. Rugelach
son en realidad más bien galletas o pastas, pero que se enrollan como caracolas y van rellenas por ejemplo de canela, nueces (u otros frutos secos), pasas, etc... La masa de estas “galletocaracolas” suele hacerse tradicionalmente a base de queso crema, mantequilla y harina.

En esta adaptación de hoy (que es más pastelito o magdalena que galleta/pasta), la masa no lleva queso sino leche, aceite, harina y azúcar (y 3 tipos distintos de levadura: de la química y de la natural)... y el resultado es una BARBARIDAD. Una de las buenas, claro. De las muuuuuy buenas.

Que nadie me pregunte como se pronuncia el nombre de estas delicias porque no lo sé con seguridad. Rugelach o rugalach: El nombre de estos dulces es, según tengo entendido, yiddish (eso que en España se conoce como “yidis”
y que es el idioma de los judíos de Europa Central, por aquí denominado “Jiddisch”). El yiddish es muy parecido al alemán (aunque se escribe con caracteres hebreos), así que parto de la base que el nombre rugelach se pronunciará también según la fonética teutona: al castellanizarlo quedaría “rú-gue-laj” más o menos... Pero que me corrijan los expertos si es que hay alguno por aquí rondando.

De todos modos, no me queda otro remedio que avisar con antelación:

1. Provocan una adicción brutal y te dejan atónito hasta el punto de paralizarte: Durante la primera media hora después de haberle hincado el diente por primera vez a una de estas preciosidades, lo único que el señor de la casa y moi myself fuimos capaces de decir eran cosas como “¡ostras!” o “ay, ¡por favor!” o “¡qué fuerte” o “¡aaaaaaaah!”... os lo juro.

2. Creo que cada unidad debe tener unos dos millones de calorías, más o menos. No exagero.

Dicho esto, aquellos a quienes les gusten las emociones fuertes deberían continuar leyendo. Al resto lo quiero ver ya mismo en una esquina en plan auto-castigo y de cara a la pared (no sabéis lo que os perdéis, infieles, que sois unos infieles, hombre).

Ingredientes (según Smitten Kitchen salen unas 24 caracolas de tamaño muffin... a mí me salieron menos: es que soy un poco bruta y un poco despistada...):

para la masa:
  • 2 “cups” de leche entera (es decir unos 475 ml.)
  • ½ “cup” de aceite vegetal (aprox. 120 ml.)
  • ½ “cup” de azúcar
  • 1 sobrecito de levadura seca (en polvo, unas 2 y ¼ cucharitas)
  • 4 y ½ “cups” de harina (más harina adicional para enharinar la superficie de trabajo)
  • ½ “teaspoon” / cucharita de levadura tipo Royal (baking powder)
  • algo menos de ½ “teaspoon” / cucharita de bicarbonato sódico (baking soda)
  • ½ “teaspoon” / cucharita de sal

para el relleno:

  • 1/3 “cup” de azúcar (más o menos 5 cucharadas)
  • 1/3 “cup” de azúcar moreno (más o menos 5 cucharadas)
  • 2 “teaspoons” / cucharitas de canela molida
  • 1 “cup” de mermelada de albaricoque (puede ser de otra fruta)
  • aprox. 6 “tablespoons” / cucharadas de mantequilla derretida con una mini-pizquina de sal (aunque a mí se me olvidó ponerle la sal...)
  • 1 “cup” de nueces finamente picadas (puede usarse cualquier tipo de fruto seco de nuestra preferencia: yo utilicé una mezcla de nueces y pistachos, pero almendras/avellanas/etc. sirven igualmente)
  • 2/3 “cup” de mini-pedacitos de chocolate (aquí se pueden comprar directamente en la sección de repostería del súper, ¿en España se llaman “chispas de chocolate”? – vendrían a ser unas 10 cucharadas)
  • 2/3 “cup” de pasas u otras frutas secas, finamente picadas (unas 10 cucharadas)

... como veis las medidas son una vez más las americanas: prometo pesar los ingredientes la próxima vez y poner las cantidades en el blog, ¿vale?

Cómo se hace:

En una cazuela grande mezclamos la leche, el aceite y el azúcar y ponemos al fuego hasta que llegue casi a ebullición. Antes de que rompa a hervir, quitamos del fuego y dejamos enfriar de 45 minutos a una hora. Pasado este tiempo, la mezcla estará aún algo templada, añadimos la levadura en polvo y dejamos reposar un minutín antes de añadir cuatro “cups” de harina. Mezclamos bien con un cucharón de palo, tapamos con un trapo y dejamos reposar durante al menos una hora.

Después de una hora la masa habrá crecido ya considerablemente. Es ahora cuando le añadimos la media “cup” de harina restante así como la levadura “Royal”, el bicarbonato y la sal. Volvemos a mezclar bien y enharinamos la superficie de trabajo generosamente (esta masa es muy húmeda / pegajosa). Dividimos la masa en dos mitades y pasamos una de ellas a la mesa/encimera.

Con el rodillo enharinado, extendemos la masa sobre la harina hasta formar un rectángulo de unos 60 cm. de largo y de tanta anchura como dé de sí la masa (Deb de Smitten Kitchen comenta en la receta original que a ella le quedó de 60 x 30 centímetros). En este punto fue en el que yo me dormí en los laureles: Mi rectángulo de masa no tenía esas dimensiones ni de casualidad... evidentemente no dejé la masa aún demasiado gruesa (lo cual explica por qué me salieron menos unidades de las previstas y por qué las mías eran taaan enormes).

Ponemos el horno a precalentar a 175 grados.

Ahora es el momento de rellenar nuestras caracolas: Para ello mezclamos el azúcar con el azúcar moreno y la canela y reservamos. Como primeramente vamos a rellenar sólo la mitad de la masa, necesitaremos sólo la mitad del relleno: Extendemos pues la mitad de la mermelada sobre el rectángulo de masa (en los extremos más anchos dejamos más o menos 1 cm. libre como margen). Sobre esta capa de mermelada vertimos 3 cucharadas de mantequilla derretida. Y sobre la mantequilla esparcimos ¼ de “cup” de la mezcla de azúcares y canela que habíamos hecho previamente.


Ahora repartimos sobre todo esto la mitad de las nueces, la mitad del chocolate y la mitad de las pasas (¿os habéis caído ya para atrás sólo de pensarlo? yo me estoy mareando sólo de escribirlo de puro “shock azucarero”).




Una vez repartidas todas estas perversiones uniformemente sobre la masa, pasamos a enrollarla: Empezando por el extremo ancho, comenzamos a enrollar el rectángulo de masa sobre sí mismo firmemente (y con cuidado de incorporar bien el relleno). Es un poco complejo, pero con un poco de cuidado hasta a súper-torpes de mi calibre les sale bien el asunto... Una vez enrollada la masa del todo, se corta (con un cuchillo afilado de sierra) en “rodajas” de unos 2-3 cms. de ancho, cuidando de no “descuajeringarlas” del todo en el intento.



Con spray de repostería o con mantequilla y un pincel, engrasamos bien a conciencia una bandeja de muffins (tanto las cavidades como la parte plana superior, ya que el relleno de las caracolas tiende a salirse un poquillo a borbotones y si no engrasamos la bandeja puede costarnos siglos rasparle todo ese azúcar requemao de la misma...). Vamos pasando una rodaja de masa rellena (aka “futura caracola”) a cada cavidad de la bandeja. Espolvoreamos cada una de las rodajas con una cucharina de la mezcla de azúcares y canela y las metemos al horno entre 15 y 20 minutos. Cuando estén doradas y veamos que el relleno hace borbotones, estarán listas.



Mientras esta primera tanda está en el horno, procedemos a extender y rellenar la mitad de la masa restante con los ingredientes restantes. Enrollamos, cortamos y reservamos.

Dejamos enfriar las primeras caracolas sobre una rejilla mientras pasamos la segunda tanda a la bandeja de muffins (nuevamente engrasada) y la horneamos igualmente.

Comidas en el mismo día es cuando estas caracolas más ricas están. Al segundo día siguen estando magníficas pero han perdido algo de la jugosidad inicial de la masa (se secan bastante rapidillo, vaya). Al tercer aún están ricas pero sólo si las mojamos en algo (café con leche, colacao, yo qué se...).

Notas: En la receta original, va prevista media hora de reposo extra para las rodajas ya “embandejadas” antes de meterlas al horno. Yo me salté este paso a la torera por falta de tiempo. Salieron espectacularmente ricas. Así que allá cada cual. Otro paso que me salté a la torera fue el de la glasa. ¿Glasa? Sí, hijos míos. Aparte de todas esas barbaridades del relleno, estas caracolas iban inicialmente recubiertas con una glasa a base de queso crema, azúcar glas, mantequilla, vainilla y leche. Estoy convencida de que con la glasa puesta estos pseudo-rugelachs le mandan a uno ya directamente al infierno de puro escándalo glotonero. La próxima vez les pondré la glasa, en esta ocasión prescindí de ella porque a mis caracolas les esperaban 500 kilómetros de coche antes de ser engullidas y no quería que se pusieran feotas en el camino.

Impresionante descubrimiento esta receta.

¡Qué peligro tiene esto!

Además son una preciosidad. Lástima que se me olvidó hacer fotos de alguna de ellas fuera de la bandeja antes de que desaparecieran porque tienen una forma que me ha enamorado: A medio camino entre una magdalena (la parte inferior) y una caracola (la parte de arriba) son bonitísimos. ¡Uff! Mi foto desde luego no les hace ninguna justicia...

Por cierto: Si os interesa probar los rugelach en su versión original, os dejo aquí un enlace con recetas. En "Smitten Kitchen" encontraréis aquí también otra versión más tradicional que la de hoy.

A mí siempre me ha llamado mucho la atención toda la temática de la dieta kosher (
las costumbres alimenticias judías) con toda su parafernalia de alimentos prohibidos y formas de preparación y cosas que pueden comerse juntas y todas las que han de ingerirse por separado, etc... Aparte del hecho de que es una cocina muy internacional porque se ha ido nutriendo durante siglos y siglos de las gastronomías de muchos lugares y culturas diferentes. Me parece súper interesante y últimamente estoy recopilando bastantes recetas judías, así que a ver si voy teniendo tiempo de hacerlas también algún día. Si os interesa el tema la Wikipedia en inglés tiene un artículo bastante extenso sobre la cocina judía en general y en la Wikipedia española se explayan más sobre la gastronomía sefardí en concreto.

Recetas sefardíes concretas se encuentran por ejemplo aquí o aquí (encontraréis enlaces a las rectas al final del artículo) o aquí (en la columna de la derecha hay enlaces a algunas recetas...). Qué interesante, ¿verdad? Y algunos platos tienen desde luego una pinta espectacular...

viernes, 8 de mayo de 2009

Rollos y rollitos

Tal vez no os hayáis dado cuenta todavía, pero, chisss, ahora que no nos oye nadie, así, entre nosotros, os tengo que hacer una confesión: Estoy como una cabra. De verdad, mi desequilibrio mental no tiene límite. En serio. Muy mal, yo diría que fatal incluso. ¡Uff!

Y no os creáis que esto es coquetería (sí, sí, ya se que se lleva mucho el presumir de neurosis, pero, qué queréis que os diga: ¡vaya gilipuertez!). No, no. Yo estoy fatal: fatal como en “fatal-fatal” (y si no que se lo pregunten al señor K., pobrico, la que le ha caído encima). Lo mío se llama T.O.C.
y se manifiesta en el hecho de que me paso la vida “controlando” cosas, bueno en realidad me paso la vida en un sin vivir, pero decir “control” queda más bonito... y más... hmmmm, controlado:

Loca compulsiva (o sea: yo) – sentada en el sofá sirviendo la cena...: “Oye, amor, ¿tú crees que la puerta de casa está cerrada?”

Señor K. - a punto de pincharle el tenedor a su cena: “Sí” (hombre parco en palabros él, en eso me recuerda a cierto hermano mío que no quiero nombrar...)

The crazy bitch (otra vez: yo) – ignorando la cena, mientras el corazón deja de latirme durante un par de milisegundos por pura ansiedad: “¿Seguro?”

Señor K. - con la boca llena y cara de aburrimiento: “Seguro”.

Psicópata de tomo y lomo (¿lo adivináis? sí, yo) - levantándome de un salto del sofá y saliendo rauda y veloz en dirección al pasillo mientras se me enfría la cena: “Pero... ¿seguro-seguro?”

Señor K. - pidiendo, en silencio, a los dioses del Olimpo que me provoquen una amnesia aguda a ver si así se me pasan las neuras: “Seguro-seguro... y ahora ¿me haces el favor de sentarte y cenar?”

La pirada esa con la que no os queréis encontrar en un callejón oscuro (Duh! Yoooooooo!) – mientras apoyo mis cincuentaynosécuántos kilos de peso en la puerta para comprobar si está cerrada y le paso el dedo 20 veces (en tandas numeradas del 1 al 4) al pestillo para asegurarme de que realmente está echado y de que su apariencia de “cerradez” no es un espejismo: “¿Estás seguro-seguro del todo?”

El Santo Job reencarnado en un “teutón guapo con canas y ojos azules-derrite-cerebros-femeninos” - mirando ensimismado el puntiagudo tenedor que sostiene en pose crispada en su mano derecha y pensando si clavárselo a sí mismo en la yugular o clavárselo a la chalada esa que está en el pasillo metiendo las uñas en la ranura de la puerta cerrada para comprobar si está cerrada-cerrada o “sólo entornada”: “Seguro-seguro-del-todo...” (con voz cansada)

Jack Torrance
reencarnado en una personita chiquitaja que acaba de romperse dos uñas intentando averiguar si la puerta de casa está cerrada (lo cual ha provocado que se equivoque al contar y haga una tanda de cinco uñadas en lugar de cuatro... lo cual a su vez acaba de provocarle un colapso emocional-mental de dimensiones considerables por lo que acaba de empezar con el ritual cierra-puertas de nuevo desde el principio...) - con irritación latente en la voz, mientras a su cena empieza a salirle escarcha: “Ajaaaaa, ¿y cómo quieres saberlo si estás en el salón y ni siquiera tienes la puerta a la vista?”

Señor K. – preguntándose si lo del TOC es sólo “tal vez hereditario” o tal vez “definitivamente muy hereditario” y si aún está a tiempo de hacerse en secreto una vasectomía, mientras le salen un par de canas más de las que ya de por sí tiene: “Cariño, yo confío en ti: Si la puerta la cierras , SEGURO que está BIEN CERRADA(sinceramente, aunque con cierto recochineo y una buena dosis de agresión latente)

La pequeña Nata – cogiendo carrerilla y lanzándose con todo su peso contra la puerta para averiguar si está cerrada y elucubrando sobre si el señor K. se habrá hecho ya en secreto una vasectomía y sobre hasta qué punto será “taaaan cierto” aquello de que el riesgo de empeoramiento del TOC durante un embarazo es de un 60-70%, mientras se mosquea por la vil puñalada trapera del “yo confío en ti” ese de mierda que le acaban de catapultar a traición: “¡¿Tú confías en mi?! ¡¡¿Pero, por quéééééé?! Yo NO confío en mi... ¿me haces el favor de venir a mirar la puta puerta de una puta vez y decirme si realmente está cerrada?” (ligeramente enervada)

Señor K., arrastrándose con aire derrotado hasta la puerta: “Sí. Yes. Ja, darling: Cerrada” (agarrándome de la mano y tirando de mí hacia el salón)

Scary crazy bitch darling (alias chalada de asustar alias yo) – en un estado zen de relajación total que me va a durar más o menos cinco minutos, es decir hasta el momento en que me pregunte si doce horas antes, cuando he hecho el café del desayuno, me he acordado también de apagar la cafetera (porque, evidentemente: si no la he apagado, seguro que en cuanto nos vayamos a dormir estalla y prende fuego a toda la casa, y con la casa arderemos nosotros y todo el vecindario y el resto de Berlín y lo más seguro es que el fuego se extienda y acabe acorralando al único genio científico capaz de salvar a la Humanidad entera de la exótica epidemia asesina mundial que seguramente está a punto de brotar – oh, dios mío, me he dejado la cafetera encendida y voy a matar a todos los habitantes del planeta y, lo que es peor, además todas mis cosas se van a quemar en el incendio), mientras le hinco el diente a la cena: “Uhmmm, qué raro, no está la cena muy caliente ¿no?”

...

A propósito de cena... hoy una improvisada, ligerita y veraniega, con toque mediterráneo y resultado espectacular...

Ingredientes (para 2 personas, una cuerda y la otra realmente chiflada):

  • 300 g de pechuga de pollo
  • 1 lata de tomate natural triturado
  • 2 lonchas de jamón serrano
  • unas 6 hojas de albahaca
  • salvia, molida
  • pimienta
  • aceite de oliva
  • 1 huevo enriquecido con un chorrito de leche
  • harina
  • 2 dientes de ajo
  • 1 chorrito de agua
  • una pizquina de sal gruesa
  • mejorana (seca, picada)
  • perejil fresco, picadito
  • una pizca de azúcar
  • un chorrito de nata líquida
  • 1 bola de queso Mozzarella (125 g)
  • aceite para freir

Cómo se hace:

Filetear las pechugas hasta obtener cuatro filetines delgaditos y darles un par de golpes con el martillo de la carne. Pincelar la carne con aceite de oliva y espolvorear con pimienta y salvia en polvo. Poner sobre cada pieza de carne media loncha de jamón serrano, sobre el jamón una hoja grandota de albahaca fresca, y enrollar.

Untar los rollitos de pollo en harina y reservar.

En un cazo pochar dos dientes de ajo en algo de aceite de oliva. Echar el contenido de una lata de tomate natural triturado en el cazo, salpimentar y espolvorear con hierbas al gusto (yo usé perejil dos hojas de albahaca picaditas y algo de mejorana) y ponerle una pizca de azúcar y un mini-chorrín de agua. Esperar que rompa a hervir a borbotones, reducir a fuego lento y dejar que cueza durante unos 10 minutillos.

Entretanto poner el horno a precalentar.

Cortar una bola de queso mozzarella en rodajas finas y reservar. Calentar aceite en una sartén y poner los rollitos de pollo a freír (previo paso por un plato con huevo batido enriquecido con un chorro de leche) hasta que el rebozado tenga algo de color.

Quitar la salsa de tomate del fuego, pasarla por la batidora hasta quitar los tropezones y agregarle por último un golpe de nata líquida.

Dejar que los rollitos de pollo escurran el aceite de la fritura sobre papel de cocina.

Pasar la salsa a una fuente de horno, depositar sobre ella los rollitos de pechuga y cubrirlos con las rodajas de mozzarella. Meter al horno un par de minutillos (el tiempo suficiente para que el queso de derrita).



Servir inmediatamente y comer inmediatamente y enfandarse con razón de no haber hecho como mínimo el doble de ración porque estaba increíblemente rico.

Como consecuencia del enfado sacar otra cerveza del frigorífico y respantigarse en el sofá con ella como consuelo. No preguntarse si está el horno apagado o se está quemando la cocina mientras vemos la tele...

He dicho NO preguntarse si está el horno apagado.

Que noooooooooo, que no se está quemando la cocina... Seguro que no. No, no, no. No.

No.

¿No...?

¿Seguro que no...?!!

viernes, 24 de abril de 2009

Tarta de acelga


¿Quién me ha echado de menos...? Uff... andaba “desaparecida en combate”, ¿verdad?

Y no os podéis ni imaginar la de cosas interesantes y sobre todo ricas-ricas que he probado en las últimas semanas... ¡Ja! No sabéis la que se os viene encima, en serio...

Desde el último post ha pasado un poco de todo: Estuvo la family (al menos una minoría de la misma) por aquí de visita y nos los hemos pasado fenomenal por ahí de paseíllo por la city, aprovechando el tiempazo de película que hizo esos días, y todas esas cosas... Y luego se marchó la family y bajo mis pies se debió abrir la boca de infierno (y para todos aquellos que me quieran replicar que esa no está en Berlín sino en Sunnydale... D U H! en Berlín también debe haber una, os lo juro) o algo así: primero me rompieron la antena del coche, luego me robaron las matrículas (¡¡¡!!!) del mismo (¡cagüen! con lo que me había costado aprenderme la matrícula y ahora tengo unas nuevas y me las tengo que aprender otra vez, joder...), luego cierto cliente de mierda (bueno ahora es ex-cliente de mierda) me empezó a marear y, agh, pasó esto y lo otro y lo de más allá... Usease: el 2.009 sigue en su línea, dando por culo soberanamente y camino de convertirse en un digno hermano mayor del asqueroso 2.008... La bomba – vamos, que últimamente soy la alegría de todas las fiestas.

Por eso a ratos estoy tentada de dedicarme a jornada completa a mis dos nuevas aficiones favoritas: procrastinación y escapismo. ¡Yeah!

Fruto de una de ellas (o, probablemente de ambas) es esta magnífica tarta de acelga, que llevaba más de un año queriendo probar y que he adaptado del libro “Kochbuch” (del cocinero alemán Tim Mälzer, libro del que ya os he hablado en otras ocasiones).

Ingredientes (para un molde de unos 28 cm. de diámetro):

  • 600 g de harina (en mi caso 500 gramos de harina “normal” y 100 gramos de harina integral de trigo)
  • 250 ml de agua templada
  • 250 ml de aceite de girasol
  • 1 cucharita de levadura tipo Royal (o sea “baking powder en vez de levadura “de la de verdad”)
  • entre 500g y 1 kilo de acelga (la receta está pensada para 1 kg, yo el otro día sólo tenía unos 500 g en casa y no quedó mal...)
  • unas 3 cucharadas de pasas
  • unas 3 cucharadas de pistachos picados
  • 2 huevos
  • unos 100 ml de nata líquida
  • unos 50-75 g de Grana Padano rallado
  • unos 50 g de queso de cabra
  • unas 3 cucharadas de queso de untar (tipo Philadelphia o algo así)
  • 1 diente de ajo
  • 1 cebolleta fresca
  • 2 cucharadas de pan rallado
  • pimienta
  • sal
  • nuez moscada
  • algo de aceite de oliva
  • algo de mantequilla (para untar el molde)

Cómo se hace:

Para la masa, mezclamos el agua (tiene que estar algo templada) y el aceite en un bol y les añadimos la harina y la “levadura”. Mezclamos bien y amasamos hasta que se forme una masa suave. Tapamos el bol con un paño y dejamos reposar unos 30 minutos.

Durante este tiempo, limpiamos y cortamos la acelga en trocines chicos (tanto hojas como pencas) y la rehogamos en una sartén con aceite de oliva junto al ajo y la cebolleta (que previamente habremos picado, vaya pistas inteligentes que os doy, ¿eh?). Después de unos 5-6 minutos, añadimos las pasas y los pistachos y condimentamos con sal, pimienta y nuez moscada. Retiramos del fuego y dejamos enfriar fuera de la sartén.

Ponemos el horno a precalentar (a 200 grados) y batimos en un vaso alto los huevos con la nata y los quesos. Salpimentamos al gusto.

Pasada la media hora de reposo, extendemos la masa con el rodillo sobre una superficie enharinada. Tiene que quedar fina. “Recortamos” dos círculos de masa de unos 30-32 c. de diámetro y ponemos uno de ellos en el fondo del molde (untado con mantequilla), apretando bien los bordes. Espolvoreamos la base de nuestra tarta con el pan rallado y extendemos sobre ella la acelga. Rellenamos con el batido de huevos, nata y queso y tapamos con el segundo círculo de masa, teniendo cuidado de pegar bien las junturas de ambas mitades (base y tapa) de la tarta.

Pinchamos la tapa varias veces con un tenedor y metemos el molde al horno. La tarta tarda aproximadamente unos 45 minutos en hacerse. Es casi mejor comerla cuando esté templada que directamente del horno.



Salió muy rica, la verdad es que con el resultado de la masa estoy muy contenta, aunque creo que se podría prescindir de la tapa. Recalentados al día siguiente, los restos de esta tarta estaban incluso más ricos aún que en el primer día, ya que la masa no resultó así tan seca sino que se había puesto algo más suave...



Por cierto: No sé en que andarían pensando cuando escribieron la receta para el libro, pero me sobró la mitad de la masa. La he metido al congelador, lo cual tampoco está mal...

Otra cosa... Leía el otro día yo por aquí, que no soy la única que piensa que aquí en Berlín, con la llegada de la primavera, todo hace "Bang!" (“requete-Bang” diría yo incluso)... Es así, de verdad. Un comienzo de primavera español nunca va a ser como uno de estas latitudes. Brutal. Tanto así, que ando “tontita perdía”, haciéndoles fotos a flores y árboles con el móvil en cuanto salgo de casa, parándome cada dos metros fascinada por los almendros del barrio y cosas así. Cualquiera diría que no he visto un árbol en mi vida, ¿no?, y eso que yo soy de pueblo... Pero es que en cuanto la época gris-ceniza se pasa y empiezan a explotar los árboles a mí se me va la olla, señores... Mirad, mirad...

La última foto es del patio de casa y va especialmente dedicada a mi hermana/madrina y a mi señora amatxo - ya que cuando ellas se fueron hace dos semanas el árbol del patio aún no tenía ni una sola hoja... y luego en 3-4 días... ¡zaca! explotó...

lunes, 30 de marzo de 2009

Risotto de espárrago verde


A estas alturas igual os habréis dado ya cuenta de que nos encanta el arroz... Caldoso, como risotto, estilo fricasé, integral, etc. - ¡sencillamente nos encanta! Además, como ya he comentado en alguna otra ocasión, en esta casa se come "de plato único" e incorporar arroz a muchos platos es una buena solución para hacer las comidas así "más completas".

Esta receta de risotto con espárragos verdes es otra de las que el señor K. y esta servidora adoptamos durante nuestra época disociada. Somos unos espárrago-fanáticos, en serio. Se hace muy rápido, es una cena sanota-sanota y está riquísimo... ¿Quién da más?

Os pongo directamente la receta y me largo de aquí inmediatamente: Porque es lunes y estoy a-g-o-t-a-d-a ya que no he tenido fin de semana (con un albañil tanto sábado como domingo en casa a martillazos), porque se supone que debería estar trabajando (aunque tengo la cabeza de lo más... "dispersa"), porque la casa tiene una capa de polvo de unos diez centímetros de espesor (tras diez días de obras), porque debería tener el pasillo recién empapelado y en lugar de eso lo tengo, desde ayer, con el muro al descubierto y unas dos toneladas de restos de pared esparcidas por el suelo (ni me preguntéis, es largo de contar) y porque mi madre y mi hermana aterrizan aquí el viernes y lo que hasta hace un par de días era un piso acogedor se parece ahora, con cada día que pasa, un poco más al infierno (infierno, el - pl. infiernos: dícese del sitio en el que no es posible recibir visitas de ningún tipo, mucho menos las maternales...)...

Además tengo que hornear unos cuantos panes para mis vecinos antes de que se me suban a la “txepa”, con razón, por no impedir que el loco de mi albañil (que por cierto tiene 65 años y un expediente coronario bastante considerable) pique en plan espontáneo la mitad de mi pasillo un domingo a las nueve de la mañana... 8-0

Ingredientes:
  • 200 g de arroz arborio
  • caldo de verdura (entre 500 y 700 ml. aprox.)
  • 500 g de espárragos verdes
  • algo de vino blanco seco
  • 50 g de queso tipo gouda o similar
  • 2 cebolletas (o una chalota pequeña)
  • aceite de oliva
  • pimienta del molinillo
  • sal
  • azúcar
  • opcional: hierbas al gusto; parmesano (o grana padano) rallado

Cómo se hace:

Cortamos la base dura de los espárragos (unos 3-4 cm.) y desechamos. Cortamos los espárragos en trocitos uniformes de unos 3 centímetros de largo y los cocemos en agua con sal y una pizca de azúcar durante unos 12-15 minutillos.

Entretanto picamos la cebolla/cebolleta y la ponemos en una cazuela con aceite de oliva caliente para que vaya haciéndose (le podemos echar una pizquilla de sal para que sude mejor y se haga sin dorarse), añadimos el arroz hasta que se ponga transparente, removiendo de cuando en cuando y sin que tome color. Una vez esté el arroz transparente lo regamos con algo de vino blanco (un vasito chiquitín) y removemos hasta que se evapore.

A partir de ahora vamos añadiendo el caldo (que debe estar caliente para no interrumpirle la cocción al arroz) en cazos, esperando a que el arroz absorba bien el líquido antes de añadirle más y removiendo a menudo.

Poco antes de que el arroz esté listo (o sea tras unos 15 min. más o menos) añadimos los espárragos escurridos y unos 50 gramos de queso tipo gouda o similar (picado muy fino para que derrita bien) y le echamos al conjunto un par de golpes de pimienta de molinillo. Opcionalmente se pueden añadir asimismo hierbas al gusto. Removemos bien para incorporar los espárragos y facilitar que el queso se derrita.

Quitamos la cazuela del fuego y dejamos reposar un momentín con la tapa puesta. A la hora de servir se puede espolvorear de perejil picado y si somos queso-adictos, con algo de parmesano o grana padano rallados.

Hala, ¡que aproveche!

martes, 17 de marzo de 2009

Solomillo rojiblanco

La pizarra magnética del pasillo en esta santa casa está últimamente llena de bonos-regalo de no-sé-qué y bonos-descuento de no-sé-dónde... Hasta dos entradas gratis para el fútbol tuve hace poco para un partido al que nosotros no podíamos ir y ahí me estuve, tocándole el timbre a medio vecindario a ver si alguien las quería. Y ni por esas. Ahora tengo entre mis vecinos fama de súper-simpática („uy, me quería regalar entradas para el fútbol“) y sé que todos ellos son cero-futboleros. Vaya panda más rarita.

Bueno y ahí siguen, las entradas del fútbol, digo, porque aunque el partido ya pasó, casi hasta penita me da tirarlas... Qué tontada, ¿no?

El caso es que el otro día caí en la cuenta de que tengo bonos para la carnicería del súper a tutiplé. Cada bono por un valor de 5 euros. Ahí, en mi pasillo cogiendo polvo. Parece mentira con lo carnívora compulsiva que soy yo además. Ah, no, pues no puede ser. Así que tan pichi que me fuí el sábado en un arrebato a la carnicería y canjeé parte de esos bonos por medio kilo de solomillo de ternera. Vamos, sólo faltaba.

Y la verdad es que pensaba haber puesto ese solomillo el domingo de cena-lujo-total. Pero el domingo nos invitaron unos amigos a tomar un café y al final llegamos tan tarde a casa que ni por asomo me pongo yo a esas horas a hornear solomillo y hacer puré de esto y de lo otro y salsa de lo de más allá.

Oye, ¡pues el lunes! No se me vaya a poner si no mala la carne, que por mucho que me haya salido gratis ya me jodería... Y ya puestos hago un experimento que me andaba rondando la cabeza desde hace algún tiempo...

Ingredientes (para dos, aunque sobró puré de ambas clases):

para el puré de alubias:
  • un puñado de alubias negras o rojas
  • una pera
  • agua
  • un chorretón de aceite de oliva
  • una cebolla pequeña
  • sal

para el puré de patata y raíz de perejil:

  • 200 g de raíz de perejil
  • 250 g de patata
  • 250 ml de caldo de pollo
  • 150 ml de nata líquida
  • un par de nueces de mantequilla
  • nuez moscada
  • sal

para el solomillo:

  • 250 g de solomillo de ternera (estoy segura de que con conejo/cerdo/caza/lo-que-sea saldrá igual de rico)
  • un puñado de granos de pimienta machacaos
  • el zumo de media naranja
  • 1 cucharita de postre de miel
  • hierbas variadas al gusto (romero, salvia, tomillo...)
  • opcional: algo de tocino en dados y pan del día anterior en dados para hacer unos picatostes (y tal vez algo verde como perejil o albahaca o así)...

Cómo se hace:

Ponemos las alubias en remojo en agua la noche anterior. Antes de cocerlas, cambiamos el agua y añadimos una cebolla cortada en pedazos toscos y una pera pelada e igualmente troceada, así como un chorretón de aceite de oliva. La razón por la que le puse pera a las alubias es que quería darles una nota un poquito más dulzona para que contrastaran mejor con el otro puré que acompañaba a la carne. Las alubias tardan en cocerse entre hora y media y dos horas. Pasado este tiempo las pasamos por la batidora hasta obtener un puré y añadimos sal. Reservamos.

El puré blanco lo he hecho a base de patata y raíz de perejil, basándome en una receta del libro alemán “Fingerfood y Vorspeisen” (Editorial GU, “Brigitte Kochbuch Edition”). En la receta original no lleva patata, pero he de reconocer que la raíz de perejil es aún un ingrediente bastante nuevo para mí y no estaba segura de que nos gustaría. Así que la patata ha sido nuestra red de seguridad.

Puse en un cazo el caldo con la nata a calentar, cuando empezó a hervir añadí la patata y la raíz de perejil (ambos ingredientes pelados y cortados en dados) y lo cocí todo unos 15 minutos a fuego medio. Después de la cocción lo pasé igualmente por la batidora hasta que tuve un puré fino y añadí un par de nueces de mantequilla al conjunto así como sal y nuez moscada.

La carne la hice como el día de San Valentín: En un improvisado paquetito hecho de papel de hornear puse la carne cortada en cilindros y pincelada con una mezcla de zumo de naranja, toneladas de granos de pimienta machacados, una cucharita de miel y hierbas varias. Eché el resto de dicha mezcla por encima, añadí un par de nuececillas de mantequilla y “cerré” el paquete con ayuda de un par de palillos. De esta guisa metí el solomillo en el horno precalentado a 200 grados y lo tuve hasta que mi termómetro de asados me marcó los 63 grados que yo quería para mi carne sangrante. Tardó unos 15 minutos en hacerse, creo, o algo menos porque eran pedazos chiquitines, no me anoté el tiempo que estuvo en el horno, vaya...

Tenía previsto hacer unos picatostes para acompañarlo todo, hechos en la sartén con algo de bacon o así... pero luego al final me dio pereza y lo descarté. Aunque creo que es una pena, porque poniendo una capa de picatostes con bacon entre las capas de puré y la carne, este plato habría sido ya la recaraba. La próxima vez, más y mejor.

Otra cosa que tenía pensado hacer y al final ayer no hice (por puro despiste) era añadirle algo de jengibre rallado al puré blanco. Quería que el contraste de sabores se notara, entre el dulzor de alubia+pera y la nota “aromáticopicante” de la raíz de perejil con jengibre... Pero en definitiva no echamos en falta el jengibre en absoluto: El puré de raíz de perejil nos ha EN-CAN-TA-DO así tal cual estaba. Fue desde luego el descubrimiento de la noche. Además la raíz le dio al puré un toque lo suficientemente aromático. Fabuloso.


Lo servimos haciendo capas con ayuda de unos aros de emplatar: Abajo el puré alubia, sobre éste el puré blanco (que me quedó casi un pelín demasié líquido), sobre él la carne cortada en lascas y alrededor de todo ello el caldo de asar la carne como salsa... Y con una ensalada para rematar la faena.

¡Uff, qué rico, señores! Impresionante.

Aunque tiene potencial de mejoras múltiples: Con picatostes crujientes seguro que está mejor. Además, no estoy segura de haber acertado con la cantidad de pera – al puré de alubias no se le notaba su dulzor apenas y creo que algo más de pera no le hubiera ido mal. Y el “puré blanco” la próxima vez podría tener un poquito más de consistencia.

Pero coño, qué rico, señores... uy uy uy uy uy...

lunes, 26 de enero de 2009

Pan de molde... ¡casero!


Hace unos días hice mi primer pan. ¡Yuju!

Y salió requete-riquísimo. ¡Yippie-ya-yeah! (... que diría el amigo McLane)

El primer pan casero de mi vida ha sido un pan de molde. La receta se la he "robado" a Deb de smittenkitchen, uno de mis blogs de cocina favoritos. Ella a su vez ha sacado este pan ligero de trigo de uno de los libros de pan de los que más se habla entre cocinillas a la hora de hacer pinitos panaderos: El "Bread Baker's Apprentice" (o sea el "El Aprendiz de Panadero") del autor Peter Reinhart. Por la de referencias que me encuentro a este libro por todas partes desde hace meses, el "Aprendiz" debe de ser la biblia del panadero aficionado, vaya...

Os dejo aquí, por si a alguien le interesa, un enlace a la página del "Aprendiz" en la editorial española del libro, RBA Libros: La
edición en castellano viene a costar, al parecer, unos 36 €...
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Supongo que a todos los súper panaderos aficionados que andan por ahí afuera sueltos, mis pinitos les parecerán una banalidad de tomo y lomo, sin masas madre ni cosas de esas... Pero por algo tenía yo que empezar (y más con el miedo que le tengo a mi horno "asesino"... ¡ay! ¡mi reino por un horno de fundamento...!).
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El caso es que hacía meses que me estaba picando el gusanillo panadero y hasta hace dos semanas nunca me había atrevido. Y me picaba la curiosidad de comprarme el "Aprendiz de Panadero"... Así que cuando ví la receta de este pan "de molde" en "smittenkitchen", decidí que probar dicha receta iba a ser una magnífica "ayuda de compra": Si me salía bien, me compraba el libro ipso facto y me armaba a panificar mi existencia y la del señor K. sublimando mi status quo de "mujercita ejemplar"... o, si el pan salía desastroso... pensaba en un plan B...
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¿Qué tal salió el pan? 24 horas después de hacerlo ya no quedaba de él ni rastro; 48 horas después de sacarlo del horno ya había comprado el libro...
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O sea: Sí, me ha dado por hacer pan. Es más: Estoy en plan psicópata a todas horas haciendo pan. (Es una de las ventajas de trabajar desde casa - puede una ocuparse de masas, mezclas y fermentaciones estupendamente).
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Ingredientes (adaptados de la receta original del libro "El aprendiz de panadero"):
  • 320 g de harina de fuerza (o harina de trigo T55 que viene a ser el equivalente español a la harina tipo 550 que uso yo en Alemania)
  • 190 g de harina de trigo integral
  • unos 20 g de azúcar
  • unos 10-11 g de sal
  • 28 gramos de leche en polvo
  • unos 5 o 6 g de levadura seca en polvo (un sobrecito suele llevar 7 gramos, así que yo utilicé "casi un sobre", a ojo, ya que mi báscula no pesa cantidades tan chiquitinas, ejem...)
  • 28 gramos de margarina o mantequilla (a temperatura ambiente)
  • unos 280 gramos/ml. de agua a temperatura ambiente (yo utilicé agua mineral sin gas)




Cómo se hace:

En un bol grandote, mezclamos la harina de fuerza con la harina integral, el azúcar, la sal, la leche en polvo y la levadura. Añadimos la mantequilla (o margarina) y el agua y removemos/amasamos con un cucharón o espátula, después con la mano, hasta que la masa coja consistencia de bola. Si queda harina sin incorporar en el fondo del bol, añadimos un pelín más de agua e incorporamos esos restos de harina, si la masa queda muy líquida añadiremos algo más de harina. No obstante, en esta fase inicial es mejor pecar de demasiado líquido que hacer una masa muy "mazacote": La masa tiene que quedar suave y flexible.

Esparcimos harina de fuerza (o harina integral) sobre la encimera o mesa y pasamos la masa allí. Amasamos (echando más harina de ser necesario) hasta que nuestra masa tenga una consistencia firme y suave, que esté un poquito pegajosa (pero no pastosa) pero tersa y no se "seque" demasiado... Este proceso de amasado debería llevaros unos 10 minutos.

¿Cuándo está lista la masa? Cuando quitándole un pellizco podáis estirar ese pedacito de masa, como si se tratara de una ventanita, hasta que detrás de la masa veáis la luz transparentarse: Si conseguís hacer esto sin que se rasgue la masa, entonces estará lista.

Con un pincel o con un spray de aceite pintamos las paredes de un bol de aceite (mínimamente) y ponemos la masa en el bol, haciéndola bailar en él hasta que toda su superficie haya cogido algo de aceite. Tapamos con film transparente y dejamos fermentar a temperatura ambiente entre 1 hora y hora y media (hasta que la masa haya duplicado su volumen, más o menos).

Pasado este tiempo, retiramos la masa del bol y formamos con ella un rectángulo de unos 2 cm de alto, 15 cm de ancho y unos 20 a 25 cm. de largo. Enrollamos las masa sobre sí misma doblando un pedacito (del la parte menos ancha) hacia dentro y presionando las junturas bien antes de seguir doblando cachito a cachito (incrementando así la tensión de la masa) hasta que tengamos una especie de rollo. Podéis guiaros por las fotos de smittenkitchen que son bastante explicativas. En principio, según vamos doblando la masa, nuestro rollo debería ir haciéndose más ancho cada vez (si apretamos bien las junturas).

Este rollo de masa de pan lo pondremos en un molde de bizcocho alargado (yo usé mi molde que es de 21 cm de largo) que habremos engrasado previamente. Es importante que los bordes de la masa toquen las paredes del molde, para que el pan crezca de forma regular y el resultado final sea válido para hacer tostadas. Pincelamos la superficie con aceite y cubrimos con film transparente (sin apretar, basta con que pongamos el film encima de la masa).

Dejamos una vez más reposar (entre 60 y 90 minutos) hasta que la masa haya subido tanto que sobresalga casi del borde del molde. Entretanto precalentamos el horno a 175 grados.

Horneamos el pan en su molde (en la bandeja del centro). En cuanto al tiempo de horno, no sé qué deciros: En la receta original pone "30 minutos, girar el molde 180 grados (para que coja igual color por todas partes) y hornear otra vez de 15 a 30 minutos"... El mío estuvo listo muchísimo más rápido (yo diría que tardó unos 30 minutos en total en hacerse). Como siempre dependerá de vuestro horno. Lo único que a mí me sirvió de orientación con esta receta fue saber que el pan debe tener en su interior una temperatura de 88 grados cuando esté listo: Así que le pinché mi termómetro de asados en el centro en la parte más gordota de la masa y me guié por lo que me decía el termómetro y no por minutos.

El resultado: Un pan de "molde" realmente riquísimo, con una cortecita rica rica y una miga súper esponjosa. Dejó por toda la casa un olorazo fantástico... aunque sobre sus cualidades a "largo plazo" no puedo deciros nada, porque no sobrevivió lo suficiente para contarlo. Jejeje...

Con mantequilla salada estaba delicioso (y con roquefort sensacional). Y, la verdad, aunque lo hice para tostar, al final nos lo comimos enterito tal cual, sin tostar ni ná... Ya veré la próxima vez que tal sale tostadito (aunque me da que fenomenal)...
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Pim, pam, pum - ¡adiós rebanada!